El amor.
Deseo sempiterno de toda existencia humana. Fuerza natural por la que estaríamos dispuestos a cualquier cosa. Electricidad sináptica que produce una liberación masiva de endorfinas y serotonina, alterando así nuestro ciclo suave de vida. A veces confundido con felicidad, otras, moneda de pago para la eternidad. Vehículo que nos lleva a la vida en el sueño y al sueño en la vida.
Cuando brilla con su máxima intensidad…
Oasis terrenal cuyo relámpago recorre nuestra médula espinal. Fuego ardiente tras los primeros compases, océano en calma tras los primeros años, brisa fresca que te descubre la novedad que atempera, manto y bálsamo en los malos momentos, detalles en el espejo al día después, calor y abrazo en las noches, siervos de su magnificencia y esclavos de su complacencia.
Del cielo del sufrimiento a la tierra de la ruina
En su peor versión, supone la cadena más cruel cuando reina la dependencia. Control y desgaste, conflicto y exigencia. La empatía se desvanece, impera el desastre. Luces con gas, manipulaciones que imperan tras la pérdida. La confianza se desgasta, la comunicación se lastra y el sexo se resquebraja.
El idioma de la complicidad
En su mejor versión, la libertad es el camino. No existe la posesión, sino el compañerismo. Procuramos comprender primero para ser comprendidos después. Aprendemos primero a amarnos a nosotros mismos, para después compartir y amar a otro ser humano. Sabemos poner límites sanos que nos hagan sentir cómodos. Tú no me completas, sino que me complementas. Soy dueño de mi felicidad y tú de la tuya. No existe la culpa, sino la responsabilidad de que somos un equipo y vamos a superar todas las crisis, juntos.
Hasta que llegue el día en que afirmemos con énfasis:
| “Yo soy el amor de mi vida” |
