Un buen amigo me dijo una vez que para él, la amistad era el lugar donde se guardaba parte tu alma. En su momento me pareció hermoso y sincero. Pero cada amigo te dirá una cosa diferente. Otro buen amigo que tengo me dijo: “tú y yo somos demasiado puros y a veces, la ilusión nos juega una mala pasada”.
La juventud y sus rarezas
Cuando iba al colegio, estaba un poquito gordito y sufrí bullying por ello. Empecé a desarrollar una sensibilidad generosa hacia las personas que sufren y supongo que por ello, terminé eligiendo la psicología como propósito de vida más adelante. Me juntaba con un grupo de chicas y chicos raros, que no encajaban con nadie y se divertían al margen de los populares o las chicas guapas. En aquél entonces, empecé a darme cuenta de que no era una persona normal y tampoco quería serlo. Ese grupo de compañeros de clase, fueron mis sonrisas cuando lo demás eran lágrimas.
Adolescencia y otras travesuras
En la adolescencia, la amistad supuso para mí una válvula de escape. El único lugar del mundo donde podía ser yo mismo sin límites. Ahí aprendí a amar el mundo del manga y del anime japonés con series como Dragon Ball, Naruto, Death Note, Detective Conan y Yu yu Hakusho. Mis 3 amigos y yo, formábamos la tropa, íbamos a todos los sitios juntos y nuestro ritual era ir al cine por la tarde y a cenar al wok luego. Gracias a ése plan semanal, terminé teniendo colesterol.
Más tarde, me di cuenta de que mi grupo de amigos eran la familia que yo había escogido y ellos a mí. Fiestas del pueblo, salir con chicas, acelerar con la moto, sentirte libre trasgrediendo las normas, travesuras de verano, charlas profundas de madrugada, cocteleras los sábados por la noche, llamadas al fijo de casa etc.

Eran mis colegas, y con ellos podía hablar de lo que fuera. Pedirles apoyo emocional cuando lo necesitaba, aparte de pasta para pagar la cena alguna que otra vez. Ahorrar para comprar juegos de la Playstation para jugarlos junto a tus colegas durante horas. Incluso cuando nos juntábamos con otros grupos, nos tachaban de “frikis”, pero eso no nos importaba, no nos drogábamos como otros y no hacíamos daño a nadie. Tan sólo éramos diferentes y con eso nos bastaba.
De vez en cuando usábamos separadores múltiples o hacíamos un viaje juntos a la playa para ir a esa discoteca mítica de la que todos hablaban. Algunos de mis amigos los encontré en la escuela y aún los conservo, otros aprendí a amarlos en el instituto y otros, en la uni mientras nos liábamos un piti en el descanso.
Nos queríamos desde la distancia
Pronto, nos hicimos un poco más mayores, y cada uno de nosotros fue a estudiar a un sitio diferente. Tan sólo nos veíamos los fines de semana. Algunos empezamos con la primera novieta y claro, eso supuso un punto de inflexión. La amistad se estaba redefiniendo y como todos estábamos cambiando, lo que entendíamos hasta ese momento que debía ser la amistad, también debía evolucionar. Cada uno de los 4 mosqueteros, tenía unas inquietudes, gustos y preferencias. Algunos conocieron a otros grupos con los que empezaron a pasar mucho tiempo. Por hobbies, adaptación o simplemente, por capear el temporal de la veintena. El grupo empezó a fraccionarse y los conflictos empezaron a llegar.
La época del amor
Los que tenían pareja, empezaron a juntarse con otras parejas y tan sólo veía al resto del grupo en cumpleaños, fiestas del pueblo y ocasiones especiales varias. Dejamos de vernos todos los fines de semana y cada vez, pasaba más tiempo entre quedada y quedada. Aquellos que en su día fueron todo tu mundo, formaban un montón de fotos en el móvil y sin darte cuenta, los echabas de menos.
Del pasado aprenderé, o eso intentaré
Algunos de esos amigos, dejaron de hablarse durante años. Otros habían perdido la confianza y otros, con suerte, se veían un par de veces al año. Llegaron otros amigos con lo que compartir más aventuras y puntos de vista. Otros con lo que hacer viajes inolvidables, otros con lo que asistir a conferencias únicas y otros, con los que pasar los veranos de festival en festival.
Cuando sientes la cabeza, comerás huevos
Sin comerlo ni beberlo, una llamada inesperada de un colega de la tropa reclamaba nuestra presencia. Nos juntamos para desayunar con un buen bocadillo y una coca cola. Entre risas y puestas al día, observábamos cómo habíamos cambiado nosotros y nuestras vidas. Uno de ellos nos suelta que su novia está embarazada y va a ser padre. Nos alegramos muchísimo por la feliz pareja y por esta nueva etapa. Con el paso de los años, otro amigo nos invitó a su boda y nos comunicó el embarazo de su futura mujer.
¿Qué pasó después? El resto es historia.

La amistad ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma
He derramado muchas lágrimas por mis amigos, he reído con ellos hasta que me ha dolido el estómago, he compartido chupitos y viajes, los he abrazado hasta romperme los brazos, he sentido auténtica felicidad al caminar junto a ellos, he sufrido por sus insultos y reproches, he querido matarlos por situaciones extremas, hemos cocinado juntos paellas extraterrestres… Y nos hemos visto las canas y las patas de gallo.
Al final, cuando nos miramos a la cara, entendemos que nuestra amistad no ha sido perfecta, porque nos juntamos 4 inadaptados que no encajaban en ningún sitio. 4 frikis de distinta madre que encontraron un hogar en su grupo de amigos. Cuando chocamos esos 5, aún recordamos las gilipolleces que solíamos decir y hacer, y todavía nos reímos al recordar sentados a la mesa, cómo eran los 4 mosqueteros.
Y por si alguien se lo pregunta, sí, seguimos los 4 juntos. Ya no somos los mismos, pero eso está bien, ahora somos más y la familia ha crecido. Pero en mi corazón siempre serán ellos, mis colegas.