Cuando la impermanencia se vuelve normalidad

El despertar de la mente

La vida permanece inquieta, decía un alma solitaria. No le faltaba razón. En un mundo en que todo evoluciona a un ritmo vertiginoso, la incertidumbre es una constante que parece no detenerse y esa búsqueda se seguridad por parte de todo ser viviente, se hace más o menos palpable y necesaria.

En 3 décadas, hemos sufrido cambios culturales, sociales, políticos, económicos y demográficos, cuyas reglas de existencia se han visto reescritas para hacerse acopio de encaje. El viejo paradigma de vida se actualiza, pero persisten las reglas no escritas que rigen la vida terrenal. Los preceptos que confirmaban los pasos a dar en toda vida humana, han pasado a mejor vida, o no.

Las reglas eran claras y concisas, todo tenía su momento y había hitos que debías alcanzar y solidificar para ser aceptado como otra persona “normal”. Debías recibir una educación “reglada” en la que entretenerte y aprender las normas “sociales” para saber comportarte con tus iguales. Luego cuando crecías, aprendías a ver la diferencia que había entre educación y civilización.

El punto de ruptura

En plena adolescencia, en una etapa en la que tu identidad se construía poco a poco, ibas aprendiendo cómo creías que eras tú y tu mundo alrededor. En ese momento, la zona de confort se iba haciendo sólida y los temores te afligían para mantener tus pies en el suelo. Seguramente, por miedo o ignorancia, terminarías estudiando lo que tus padres querían que estudiaras o elegirías tu campo de formación. Pero tenías que estudiar algo para ser alguien en la vida, sino te esperaba una dura vida adulta en los campos o en las fábricas.

En esa etapa, si tenías suerte, conocerías a una persona especial que estaría tan perdida como tú y a la que podrías llamar tu pareja. El primer beso, el primer abrazo, la primera caricia y la pérdida irreversible de la inocencia. Todo aquello te haría sentir una vulnerabilidad tan dulce que no querrías que terminara nunca. Por desgracia, ni tú ni tu pareja sabréis amaros a vosotros mismos ni al otro, así pues, de manera inevitable, os precipitaréis a la dependencia emocional, ocasionando una vorágine de sufrimiento que se podría prolongar o no.

Los problemas emocionales se irían haciendo poso en tu mente y en tu cuerpo, mientras te fueras adaptando a la vida adulta como buenamente pudieras. La clave era encontrar un trabajo para “toda la vida” con el que costearte tus costes de vida y pagar tus caprichos.

Dos caminos se abrieron ante mí…

Puede que sintieras la llamada de la aventura y te embarcaras en viajes para conocer el precioso mundo que te rodea, por el placer de crecer en comprensión y sabiduría. Al tiempo que te ibas conociendo mejor e ibas comprendiendo que todo cambia inexorablemente. Probablemente, conocerías a gente diametralmente diferente a ti que te enseñaría que la vida no era como creías y en mayor o menor manera, dejarían su huella emocional en ti. Dejarías de creer poco a poco en las mentiras que te dejaron en tu puerta y que no te atreviste a cuestionar, pero que, en tu punto de madurez, necesitabas romper para evolucionar.

Se te abrirían dos caminos enfrente de ti, que de una manera u otra iban a definir tu existencia: la búsqueda de libertad o estabilidad. Puede que comprendieras que afirmaciones tales como: “un amor para toda la vida”, “un trabajo para toda la vida”, “una casa para toda la vida” … pasarían a mejor vida y que ya no representaban la realidad.

Sin darte cuenta, esa sensación de ser invencible te dejaría más pronto que tarde y, un buen día, llegaría el día en que soplaras las velas de tu trigésimo o cuadragésimo cumpleaños. Puede que tuvieras una amarga sensación de ¿Qué he hecho con mi vida? Puede que echaras la vista atrás pensando en todas aquellas ambiciones y sueños que creíste que alcanzarías cuando eras adolescente y mirabas al cielo con esperanza de comerte el mundo. En ése preciso instante, entenderías de verdad la diferencia entre el idealismo y el realismo.

Por otra parte, el haber cumplido suficientes veranos, te permitía ir de la mano con aquella presión social familiar y de amistades, que te recordaban que iba siendo el momento de “sentar la cabeza” e ir pensando en hacerte socio del club de los hipotecados para tener tu propia casa. Que el siguiente paso para subir un escalón en la escala social, y ser visto como un ser humano respetable; no era otro que conseguir una buena pareja con la que contraer nupcias y tener rápidamente descendencia para abrazar la madurez emocional en todo su esplendor.

Poco a poco, tu vida dejaría de ser tuya y dedicarías tu vida a ahorrar para tu futuro y tus hijos. El realismo más salvaje e inmisericorde se habría instalado en tu persona para formalizarse en forma de responsabilidades cuya permanencia no podrías detener, aunque te lo propusieras con todas sus fuerzas. Habrías aprendido o no de tus errores, y estarías viviendo la vida que se “suponía que debías vivir” para ser feliz. Durante conversaciones con tus padres o tus amigos de toda la vida, dirías cosas como: “es que no tengo tiempo”, “ya haré ese viaje cuando mis hijos hayan terminado la universidad”, “ya me compraré aquella caña de pescar cuando ahorre más” …

El despertar

Decisión tras decisión, tu vida iría pasando y cuando por fin, abriste los ojos, tenías sesenta o setenta años y una perenne sensación de flaqueza e indefensión, que no te abandonaría. Los mejores años de tu vida pasaron y llegaste a la conclusión de que desperdiciaste tu vida en una quimera que te vendieron y te sentiste presa de una estafa.

Una persona sabia dijo una vez: “lo más importarte es hacer que lo más importante sea lo más importante”. El tiempo que tenemos de vida, lo canjeamos por dinero, experiencias, sonrisas, emociones, placeres y miedos. No lo recuperamos jamás porque es él quien nos define y nos hace aprender a golpe de latido.

A finales de 2023, sigo teniendo la sensación de que el mundo ha cambiado demasiado y no me veo reflejado en él. Aún perduran en mí valores como los de antaño y sigo creyendo que aún existen personas a las que les importe más observar a los ojos que dejarse seducir por una pantalla de teléfono. Me niego a creer que nadie de nada a cambio de nada y que por mucho que te esfuerces, tu vida no servirá de nada. Sigo pensando que la fe en algo es necesaria, que la vida es simple y complicada a la vez, pero que nosotros somos nuestro peor enemigo. Que lo más preciado de tu vida, puedes perderlo en un segundo y que resulta tremendamente difícil sentirse querido por nadie.

Cuando echo la mirada hacia adelante, me embarga el miedo por no querer saber lo que deparará el mañana, pero con una sensación de querer que mi existencia sirva para algo positivo. Al fin entendí que el sentido de la vida es vivirla y que todos tenemos un propósito y que debemos encontrarlo para dotar a nuestra vida de plenitud. Que todos tenemos virtudes que podremos cultivar por un bien mayor y que es mejor tatuarse en el alma (dependiendo del momento): “todo saldrá bien” o “todo saldrá como tiene que salir”.

¡Empieza tu propio camino hoy!