El tiempo se nos escapa entre los dedos de las manos. El tiempo nos recuerda de manera persistente e inexorable, que quizás vale la pena de vez en cuando, pararse y ver que estamos muy lejos de la costa. En qué punto de nuestra vida estamos y si estamos yendo en la dirección que quisimos ir desde un inicio.
Pocas cosas nos otorgan perspectiva y desde un eje tan profundo que el propio tiempo de vida. Por supuesto, la experiencia también es un factor clave a la hora de obtener de forma fehaciente una perspectiva de vida, pero también conocer otras culturas y gentes diferentes a la que tienes en tu ciudad o país, también puede ser un punto de enriquecimiento a tener en cuenta.
La percepción del tiempo
El tiempo es un constructo social y como tal, es el ser humano el que dota de sentido y valor a este fenómeno. Medir el tiempo de vida y la calidad del mismo, resulta un pasatiempo del que podría resultar difícil despegarse. Tendemos a afirmar que no es la cantidad de tiempo lo que tiene más peso, sino la calidad del mismo. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hacemos tal asunción? ¿Son realmente las experiencias que vivimos las que llenan el tiempo vivido? ¿Los recuerdos esenciales que fueron los que brillaron en aquél momento?
En los tiempos inciertos en que vivimos, ¿se sobrevalora la juventud? ¿se infravalora la vejez? ¿se denosta el paso de los años? Podríamos estar encumbrando a la juventud con frases como: «juventud, divino tesoro». Resulta evidente que no es lo mismo ser joven que sentirse joven. Otra frase recurrente: «la juventud está en la mente». Ser joven por edad cronológica, por ejemplo: «en unos días cumplo 21 años» o por edad mental o madurativa: «me siento mejor conmigo mismo desde que me conozco un poco más, los cuarenta me han sentado bien»…
La madurez de una persona no viene dada por la cifra que se puede intuir al leer su DNI. No por tener 60 años vas a ser una persona madura y actuarás con sensatez y sabiduría, como tampoco por tener 18 años vas a ser una persona inmadura y descerebrada. Este fenómeno viene dado por las vicisitudes que vivimos y cómo nos adaptamos a dichas experiencias.
El número que te define
Cuando has conocido a una persona nueva, puede que te sea familiar hablar con ella de los estudios, trabajo, amistades, familia, hobbies, deportes etc. Más aún, un tema que posiblemente compartió un espacio de tiempo entre tú y esa persona, fuese vuestra respectiva edad. Un tema lógico y que según parece, ofrece mucha información de primera mano. Pero cuidado, también ofrece una oportunidad para pre-juzgar. Esto es, pre-suponer que esa persona tiene unas características, gustos, preferencias o inclinaciones por tener una edad determinada. No tiene porque suceder, pero en ocasiones puede ocurrir.
Habrá personas que se sientan ofendidas si un desconocido les pregunta su edad, en los primeros compases de una primera conversación. Habrá otras que estén deseando que se lo pregunten para lucir con orgullo su cifra especial. Otras sin embargo, no otorgaran la más mínima importancia a ese dato personal y no se verán en la necesidad de prestar atención durante la conversación ni un sólo segundo.
Podría ser coherente y lícito que durante una conversación con un/a vecino/a del barrio o con un/a dependiente/a de una tienda de ropa, que pudiese salir a la palestra el tema de la edad, como si fuera una especie de carta de presentación; «hola, me llamo Javier y tengo 37 años».
¿Qué buscamos?
Insistimos, puede ser entendible e incluso divertido, buscar similitudes y puntos en común con la otra persona, que no necesariamente deben estar reñidos por la edad. ¿Es más fácil llevarse bien con alguien de tu edad o edad parecida? ¿es más difícil llevarse bien con alguien mucho más mayor que tú? Son preguntas muy personales que deberá responder cada uno a su manera, por supuesto. Pero como sugerencia, quizá deberíamos centrarnos más en las cosas que nos unen y no tanto en centrarnos en las que nos separan.
En una escena típica del día a día, nos vemos en la cola del supermercado y encontramos a una persona mayor con una cesta medio vacía que espera a ser atendida para pagar sus artículos y proseguir con su día. De repente, al fondo de la fila, se escucha una conversación entre dos personas de cierta edad más reducida, quejándose de la lentitud de esta persona al contar los céntimos de euro para pagar la cuenta. Empiezan a propinar comentarios despectivos y todos, relacionados con la edad de esta persona. Es un escenario triste, pero sucede con mucha más frecuencia de la que pensamos.
Nos olvidamos de que compararnos con esa persona mayor, ver la realidad de nuestro punto de vista sesgado y creer que debería ir más rápido, vilipendiar su valía etc. por ser mayor… Como si esa persona no pudiera aportar nada bueno a esta sociedad, como si su cometido estuviese más que hecho y ya no formara parte de esta realidad.
La edad no debería ser un punto de separación, sino de unión. Todos podemos aportar diariamente actos radiantes de calidad altruista y hacer de esta sociedad una más justa, sana y amable. Insistimos, quizá deberíamos centrarnos más en las cosas que nos unen y no tanto en centrarnos en las que nos separan. Puede que al mundo le haga falta menos crítica y más empatía.
