Para poder hablar de la inmadurez con propiedad, quizá deberíamos empezar a definir qué es la madurez en su vertiente psicológica y emocional. Según el portal del estudiante (Universidad Continental) estas son las características de una persona emocionalmente madura:
- Mantener la autodisciplina y la constancia.
- No dejarse llevar por la queja ni la culpa hacia demás de lo que le ocurre y buscar la mejor manera de afrontar las dificultades.
- Aceptar sus limitaciones propias y alejarse del perfeccionismo y la crítica sin fundamento.
- No castigarse por cometer errores, sino adoptar una actitud de evaluación y corrección.
- Asumir la responsabilidad frente a la consecuencia de los actos.
- Hacer las paces con el pasado.
- Tratarse con respeto y consideración.
- Dejar de someterse al juicio ajeno y valorar por sí mismo las cuestiones significativas de su vida de manera consecuente.
- Aprender de sus propios errores y actuar en consecuencia.
- Evitar victimizarse y tomar el control de la vida.
- Tomar decisiones teniendo en cuenta un análisis coherente de la situación y gestionar las emociones.
- Ser tolerante y flexible ante los cambios.
- Gestionar las dependencias emocionales.
- Actuar con empatía y respeto hacia los demás y hacia la propia persona.
En busca de la madurez
Al margen de lo que podríamos concebir como madurez emocional y psicológica, convertirse en una persona madura podría pasar por hacerse cargo de las consecuencias de las propias decisiones. Resulta muy tentador en una charla con amigos, fantasear con volver hacia atrás en el tiempo para poder cambiar los errores cometidos y así poder gozar de un presente más benevolente.
Lo que no tenemos en cuenta desde un aspecto emocional, si borráramos aquellos errores que cometimos en su momento, estaríamos borrando la sabiduría que nos ayuda en el día a día y que conforma nuestra personalidad. Por otra parte, la premisa lógica es que el tiempo no funciona así y que alterar los acontecimientos del pasado, no cambiaría un ápice nuestro presente. Aunque bien podríamos poner a prueba la retrocausalidad, desde la física cuántica y entenderíamos si tal hazaña es posible. Mientras tanto, volveremos a poner el foco en la madurez o inmadurez que se desarrollan a lo largo de la vida.
La madurez procede a aquel cambio de mentalidad que estalla en la adolescencia y se mantiene a bien entrada la edad adulta. Según la Fundación Clínica de la Familia, alcanzar la madurez implica salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que vivimos en un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no podemos cambiar.
| Lo que resistes, persiste. Lo que niegas, te somete. Lo que reprimes, te obsesiona. Lo que aceptas, te transforma |
Carl Gustav Jung
El salvajismo emocional hecho adolescencia
El pasado no se puede cambiar, por mucho que nos gustara volver a ser niños/as o adolescentes y tener una segunda oportunidad para revivir todo aquello que vivimos con las personas con las cuales lo vivimos. Una segunda oportunidad para enmendar nuestros errores por el simple placer y curiosidad de ver cómo alteraría a nivel de fantasía nuestra actual realidad. Pero la realidad es como es y no cómo nos gustaría que fuera. Tantas y tantas veces hemos oídos la frase: “nunca llueve a gusto de todos”.
La inmadurez es una cualidad inherente a la niñez y la adolescencia, pero no exclusivamente de esas etapas. No por ser más joven, vas a ser automáticamente menos maduro que una persona más mayor que tú o no por ser más mayor, vas a ser por arte de magia una persona madura, coherente y sensata. Resulta a veces doloroso comprobar cómo el paso inexorable del tiempo y el peso de las decisiones va poniendo en el tapiz de la vida, personas que estarán unos segundos, minutos, horas, días, meses o años. Todas y cada una de ellas, dejarán en menor o mayor medida su impronta en nosotros y ello, poco a poco, como una pieza de coleccionista artesanal, irá conformando el tamiz de nuestra personalidad.
Los entresijos de la adolescencia se urden como un fuego con voluntad de inmortal que convive más con fantasía que con realidad. Un alma que está aprendido a golpes de latido cómo funciona el mundo, las personas de su alrededor y su propio ser. Es un proceso lento, arduo y lleno de sufrimiento. Una auténtica odisea por la cual es necesario pasar para de-construirnos para volver a construirnos a nuestra voluntad.
En esa etapa, nos permitimos el lujo de malgastar nuestro preciado tiempo de vida porque difícilmente somos capaces de ver más allá de nuestro metro y medio. Tenemos demasiadas preocupaciones como para ser capaces de hacernos cargo de algo más que de nosotros mismos. Nuestra mente es un abismo de emociones negativas que navega a la deriva de la realidad, hacemos lo que podemos con lo poco que sabemos a lo largo de toda la existencia. Caemos en el error de culpar a los padres, cómo símbolo de rebeldía y autoafirmación. No comprendemos que ellos lo hacen lo mejor que saben y lo mejor que pueden y que como nosotros, tampoco han aprendido lo verdaderamente importante para estar en paz consigo mismos.
La comprensión de la experiencia
Tendemos a caer en esa tendencia de criticar lo negativo de todo y de todos, como si inútilmente eso fuera a cambiar automáticamente a las personas de nuestro alrededor o fuera a cambiar la realidad. Pero cuando pasamos ciertas cifras de edad de la etapa adulta, vamos entendiendo de manera más o menos amarga, que la emocionalidad tiene un límite y que nuestros esfuerzos se desgastan con el paso del tiempo. Que ya no somos aquellas personas inocentes que rebosaban luz, que tenemos un lado oscuro que hay que aprender a gestionar sino queremos que nos hunda en la miseria más insensible.
Puede que necesitemos creer en algo o no. Puede que eso sea necesario o no. Puede que sea más sencillo vivir si vemos el futuro como un ente benevolente que al final nos traerá paz, puede que esa forma de ver la realidad se demasiado poco realista, no lo sé… Pero, inevitablemente nos preguntamos: ¿de qué sirve ser realista sino te ayuda a vivir mejor?
Puede que no se trate tanto de porqué hay que madurar, sino para qué.
