¿Qué se siente al cumplir un sueño?

El despertar de la mente

Ese fue mi objetivo hace un par de años. Me encontraba en diciembre de 2022. Me acababan de despedir y tan solo deseaba concentrarme en las celebraciones de Navidad con mi familia.

El día de nochevieja, me desperté temprano con un ímpetu por escribir que me desbordaba. Cogí mi móvil y empecé a escribir una lista de objetivos que sí o sí, quería cumplir en 2023.

El primero de la lista, era hacer un viaje a Islandia. Llevaba más de 10 años con la idea en la cabeza, pero algo me decía que aún no era el momento.

HASTA ÉSE DÍA.

 

El punto de inflexión

 

Empecé a ver vuelos a Islandia y packs de viajes. Por fin, encontré una web que me gustaba, en la que te ofrecían ir con un grupo de 15 personas máximo en tu rango de edad. Pensé que era una locura, pero todo mi ser me empujaba a hacerlo.

Llamé por teléfono, y tras una conversación con un agente muy amable, me decidí a reservar el pack sin vuelta atrás.

En ése momento pensé: “no tengo nada que perder” y decidí escuchar a mi instinto. Aquél que por años, no dejaba de ignorar y que al fin, creí abrazar.

 

Un vuelo hacia los sueños gélidos

 

El 10 era el día elegido, me dispuse a coger el vuelo. Llegué al aeropuerto por la noche y allí, en la puerta de embarque, encontré a mi primera compañera del grupo.

Isabella era una chica curiosa y atenta. Llevaba siempre consigo una cámara de fotos con los que capturar cada hermoso paisaje. Fui hacia ella y tras una breve charla, nos llevamos bien enseguida. Una hora más tarde, encontramos a dos compañeras más, Lucia y Dori. Los cuatro fuimos a la puerta de embarque y cogimos el vuelo.

 

Cuando empieza todo

 

Llegamos tras 3 horas y media de vuelo. Hacía un frío que pelaba, pero íbamos bien preparados.

En el aeropuerto de Islandia, conocimos a un miembro más del grupo, Rober, un chico amable y gentil que nos hizo sentir cómodos con él.

Cogimos el coche que teníamos alquilado y nos decidimos a poner rumbo a la capital: Reikiavik.

Tengo que confesar que conducir por las carreteras de Islandia es de lo más relajante, es todo paraje natural y casi no se ven coches. Al menos, desde el aeropuerto a la capital.

 

El paisaje nórdico

 

Como dato curioso, decir que más del 70% de la población de Islandia vive en Reikiavik. El resto, viven en ciudades distribuidas por toda la isla.

Los cinco mosqueteros llegamos al hostal, un breve descanso y a las 8 en pie para conocer al resto del grupo.

Dormimos en un cuatro con literas y entre risas nos fuimos a dormir. Ya empezábamos a hacer piña.

 

¡¡¡El grupo Codillo se reúne!!!

Lo de Codillo fue un mote gracioso que le pusimos al grupo más adelante en el viaje, que surgió en una anécdota que nos pasó en un restaurante. Pero, si quieres descubrirlo, sigue leyendo 😉

Llegamos los cuatro a la cafetería del hostal, nuestros nuevos compañeros estaban esperando y nos hicimos un cafetito algunos, una infusión otros y bollería todos.

En el grupo, había un chico más, Javi, un aventurero y bohemio de lo más freestyler. Dos chicas más, Selena y Marta, muy majas y profesionales en sus respectivos trabajos. Y finalmente, la coordinadora que había hecho posible todo el viaje, la maravillosa Petra.

Hicimos una presentación de lo más singular y juntos fuimos a empezar oficialmente nuestra travesía de exploración por los rincones más naturales y salvajes de Islandia.

 

A la caza de la aurora boreal

 

Subimos a los dos coches de madrugada, para aprovechar las 3 horas de luz diaria que teníamos disponibles y conducir de noche principalmente.

Una de nuestras primeras paradas fue la impresionante cascada de Skógafoss, situada en el recorrido del río Skógá, en el sur de Islandia en los acantilados del anterior litoral.

Este último párrafo lo he copiado de la Wikipedia porque no recordaba donde estaba exactamente esta maravillosa cascada, ya me perdonarás.

¡Empieza tu propio camino hoy!