por El despertar de la mente | 12 Ene 2024 | Blog
Seguro que te ha pasado. Un familiar te pregunta: «¿y el novio para cuándo?«, como si ese fuera el objetivo de tu vida. Qué objetivo, necesidad básica para ya poder hablar de otras cosas porque lo más importante está controlado (…). Dejando a un lado los cánones establecidos de esta sociedad en la que parece que si eres soltera después de los 30 algo raro pasa contigo (o, espera, ¡quizás es porque seas demasiado inteligente!), vamos a centrarnos en los beneficios que supone no estar emparejada a partir de esa edad (porque así lo has decidido, porque la vida te ha colocado en esta etapa que estás viviendo o porque, quién sabe, quizás naciste para ser soltera y vivir la vida de esa manera, ¿es que hay que dar explicaciones?).
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por El despertar de la mente | 12 Ene 2024 | Blog
¿Cuál es la diferencia entre oír y escuchar?
Oímos el aleteo de un pájaro volando sobre nuestras cabezas en una cálida tarde de verano, oímos el claxon del autobús mientras esperamos que llegue en una fría mañana de invierno, oímos como caen las gotas de lluvia mientras deambulamos por una extraña noche de mediados de septiembre, oímos el timbre de casa mientras apuramos las últimas gotas de aceite en una sartén mientras nos preparamos un desayuno completo…
Escuchamos a nuestra madre como nos pregunta qué hemos comido mientras nos provoca empatía a través de su preocupación, escuchamos una canción de rock and roll mientras vamos en el coche de camino al trabajo y nos embarga una sensación de poder, escuchamos un te quiero de los labios de esa persona amada y sentimos como la felicidad empieza a anidar en nuestra piel, escuchamos cómo llora un amigo mientras nos cuenta sus problemas y nos fundimos con él en un abrazo de complicidad, escuchamos la dulce simetría de las olas al romper contra la orilla y esa dulce melodía nos calma como ninguna mirada lo ha hecho jamás, escuchamos un ladrido de un pequeño perro por la calle y e inmediatamente, nos transporta a nuestra niñez cuando jugábamos con ése pastor alemán que nos llenaba la cara de lametones y veíamos la felicidad al jugar mientras movía su cola al son del movimiento…
| La diferencia entre oír y escuchar, es la atención |
Podemos escuchar a nuestra mente y obtendremos un día a día conviviendo con nosotros mismos y, por tanto, unos resultados. O, por el contrario, podemos escuchar a nuestro cuerpo, darle lo que necesita y saborearemos otros resultados muy diferentes.
Escuchar música clásica, por supuesto, focalizada en distintos ámbitos de la vida y sus consecuentes tareas, se ha demostrado científicamente que ayuda al procesamiento cognitivo en algunas habilidades humanas. Aunque también existen artículos que tanto alaban, como denostan el efecto beneficioso de la música de Mozart (efecto Mozart), sí podría resultar beneficioso durante el proceso de gestación de un nonato e incluso, en etapas perinatales. Por otra parte, no sólo se ha demostrado que provoca la aparición, mantenimiento o transición de algunas emociones, sino que también se ha visto relacionada con el mejoramiento del insomnio, el afrontamiento eficiente ante algunas patologías y la capacidad para mejorar la memoria a corto plazo y el aprendizaje de idiomas.

El nacimiento de las emociones
La música es una extensión del ser humano, una consecuencia de toda vida orgánica en la tierra, una bendición para la entropía de la mente…
Especialmente relevante en la etapa vital en la cual, nuestra personalidad está en pleno proceso de deconstrucción para su posterior, construcción. En dicho período, recurrimos a la música para aliviar tensiones, para encontrar un refugio emocional, para sentirnos acompañados ante los incesantes “ataques” de la realidad, para acompañar a la tristeza o melancolía tras un desengaño amoroso, para reforzar nuestra efímera alegría, para sentir por unos segundos que la fuerza incesante de la vida no nos aplasta, para sobrevivir a la insensible entropía mental (pensamientos negativos) que puede tener el potencial de destrozarnos…
La mediodía armónica de la música (no cualquier tipo de música), ayuda a aportar orden a los pensamientos que inevitablemente se ciernen sobre el fluyo de nuestra consciencia, nos guste o no. Curiosamente, se produce un fenómeno extraño: cuando nos encontramos tristes, recurrimos a música emocional con carga melancólica bien sea a través del piano, violín o autores cuya temática sea el amor (en su vertiente trágica), sin embargo, olvidamos ponernos música alegre cuando estamos tristes para combatir nuestro bajo estado de ánimo con buena música.
La melodía de la esperanza
A veces olvidamos el verdadero poder que tiene la música sobre nuestra propia biología como seres humanos. En la etapa adulta, llena de responsabilidades, deseos, esperanzas, tiempo etc., también resulta claramente evidente la influencia abismal que tiene la música en nuestro día a día. Escojamos el ejemplo del momento del día, en el cual, nos estamos dando una ducha. Puede que sea al inicio de nuestra jornada, para empezar el día con alegría o al finalizarla, para descargar toda la tensión acumulada y relajar nuestro cuerpo y mente para llegar a la cama, lo más relajados en la medida de lo posible. Durante ese momento, en el cual, el agua cae sobre nuestro cuerpo, resulta muy sencillo, ni siquiera prestar atención a la música que nos hemos puesto para que nos distraiga, sino dejarnos arrastrar por la avalancha de pensamientos que nos sitúan en algún momento del día, en algún conflicto del pasado o en un momento futuro en el cual, vayamos a preparar la cena.
La importancia de focalizar la atención sobre lo que es verdaderamente importante, puede cambiarnos la vida. Depende del tipo de decisiones que tomemos y los caminos que elijamos.
La música, puede ser ese compañero inseparable en los días de vida, en las aventuras de juventud, en las tardes de té y tertulia, en los juegos del colegio, en las madrugadas de pasión, en las noches de estudio, en los mediodías de pesca…
Toda música que proviene del cuerpo merece nuestra atención plena (mindfulness): el latido del corazón, el rugir de nuestro estómago, el crujir de la rodilla, el contoneo del cuello, el eco producido por los espasmos de la pelvis, el sonido que emana de nuestras cuerdas vocales…
Cuando escuchamos la música de nuestro cuerpo, prestamos atención a nuestra persona. Conectamos con la esencia de nuestro ser, favorecemos la espiritualidad y sus múltiples beneficios. La música es el vehículo del alma, démosle el espacio que se merece.
Bibliografía
por El despertar de la mente | 8 Ene 2024 | Blog
El tiempo se nos escapa entre los dedos de las manos. El tiempo nos recuerda de manera persistente e inexorable, que quizás vale la pena de vez en cuando, pararse y ver que estamos muy lejos de la costa. En qué punto de nuestra vida estamos y si estamos yendo en la dirección que quisimos ir desde un inicio.
Pocas cosas nos otorgan perspectiva y desde un eje tan profundo que el propio tiempo de vida. Por supuesto, la experiencia también es un factor clave a la hora de obtener de forma fehaciente una perspectiva de vida, pero también conocer otras culturas y gentes diferentes a la que tienes en tu ciudad o país, también puede ser un punto de enriquecimiento a tener en cuenta.
La percepción del tiempo
El tiempo es un constructo social y como tal, es el ser humano el que dota de sentido y valor a este fenómeno. Medir el tiempo de vida y la calidad del mismo, resulta un pasatiempo del que podría resultar difícil despegarse. Tendemos a afirmar que no es la cantidad de tiempo lo que tiene más peso, sino la calidad del mismo. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hacemos tal asunción? ¿Son realmente las experiencias que vivimos las que llenan el tiempo vivido? ¿Los recuerdos esenciales que fueron los que brillaron en aquél momento?
En los tiempos inciertos en que vivimos, ¿se sobrevalora la juventud? ¿se infravalora la vejez? ¿se denosta el paso de los años? Podríamos estar encumbrando a la juventud con frases como: «juventud, divino tesoro». Resulta evidente que no es lo mismo ser joven que sentirse joven. Otra frase recurrente: «la juventud está en la mente». Ser joven por edad cronológica, por ejemplo: «en unos días cumplo 21 años» o por edad mental o madurativa: «me siento mejor conmigo mismo desde que me conozco un poco más, los cuarenta me han sentado bien»…
La madurez de una persona no viene dada por la cifra que se puede intuir al leer su DNI. No por tener 60 años vas a ser una persona madura y actuarás con sensatez y sabiduría, como tampoco por tener 18 años vas a ser una persona inmadura y descerebrada. Este fenómeno viene dado por las vicisitudes que vivimos y cómo nos adaptamos a dichas experiencias.
El número que te define
Cuando has conocido a una persona nueva, puede que te sea familiar hablar con ella de los estudios, trabajo, amistades, familia, hobbies, deportes etc. Más aún, un tema que posiblemente compartió un espacio de tiempo entre tú y esa persona, fuese vuestra respectiva edad. Un tema lógico y que según parece, ofrece mucha información de primera mano. Pero cuidado, también ofrece una oportunidad para pre-juzgar. Esto es, pre-suponer que esa persona tiene unas características, gustos, preferencias o inclinaciones por tener una edad determinada. No tiene porque suceder, pero en ocasiones puede ocurrir.
Habrá personas que se sientan ofendidas si un desconocido les pregunta su edad, en los primeros compases de una primera conversación. Habrá otras que estén deseando que se lo pregunten para lucir con orgullo su cifra especial. Otras sin embargo, no otorgaran la más mínima importancia a ese dato personal y no se verán en la necesidad de prestar atención durante la conversación ni un sólo segundo.
Podría ser coherente y lícito que durante una conversación con un/a vecino/a del barrio o con un/a dependiente/a de una tienda de ropa, que pudiese salir a la palestra el tema de la edad, como si fuera una especie de carta de presentación; «hola, me llamo Javier y tengo 37 años».
¿Qué buscamos?
Insistimos, puede ser entendible e incluso divertido, buscar similitudes y puntos en común con la otra persona, que no necesariamente deben estar reñidos por la edad. ¿Es más fácil llevarse bien con alguien de tu edad o edad parecida? ¿es más difícil llevarse bien con alguien mucho más mayor que tú? Son preguntas muy personales que deberá responder cada uno a su manera, por supuesto. Pero como sugerencia, quizá deberíamos centrarnos más en las cosas que nos unen y no tanto en centrarnos en las que nos separan.
En una escena típica del día a día, nos vemos en la cola del supermercado y encontramos a una persona mayor con una cesta medio vacía que espera a ser atendida para pagar sus artículos y proseguir con su día. De repente, al fondo de la fila, se escucha una conversación entre dos personas de cierta edad más reducida, quejándose de la lentitud de esta persona al contar los céntimos de euro para pagar la cuenta. Empiezan a propinar comentarios despectivos y todos, relacionados con la edad de esta persona. Es un escenario triste, pero sucede con mucha más frecuencia de la que pensamos.
Nos olvidamos de que compararnos con esa persona mayor, ver la realidad de nuestro punto de vista sesgado y creer que debería ir más rápido, vilipendiar su valía etc. por ser mayor… Como si esa persona no pudiera aportar nada bueno a esta sociedad, como si su cometido estuviese más que hecho y ya no formara parte de esta realidad.
La edad no debería ser un punto de separación, sino de unión. Todos podemos aportar diariamente actos radiantes de calidad altruista y hacer de esta sociedad una más justa, sana y amable. Insistimos, quizá deberíamos centrarnos más en las cosas que nos unen y no tanto en centrarnos en las que nos separan. Puede que al mundo le haga falta menos crítica y más empatía.

por El despertar de la mente | 5 Ene 2024 | Blog
Para poder hablar de la inmadurez con propiedad, quizá deberíamos empezar a definir qué es la madurez en su vertiente psicológica y emocional. Según el portal del estudiante (Universidad Continental) estas son las características de una persona emocionalmente madura:
- Mantener la autodisciplina y la constancia.
- No dejarse llevar por la queja ni la culpa hacia demás de lo que le ocurre y buscar la mejor manera de afrontar las dificultades.
- Aceptar sus limitaciones propias y alejarse del perfeccionismo y la crítica sin fundamento.
- No castigarse por cometer errores, sino adoptar una actitud de evaluación y corrección.
- Asumir la responsabilidad frente a la consecuencia de los actos.
- Hacer las paces con el pasado.
- Tratarse con respeto y consideración.
- Dejar de someterse al juicio ajeno y valorar por sí mismo las cuestiones significativas de su vida de manera consecuente.
- Aprender de sus propios errores y actuar en consecuencia.
- Evitar victimizarse y tomar el control de la vida.
- Tomar decisiones teniendo en cuenta un análisis coherente de la situación y gestionar las emociones.
- Ser tolerante y flexible ante los cambios.
- Gestionar las dependencias emocionales.
- Actuar con empatía y respeto hacia los demás y hacia la propia persona.
En busca de la madurez
Al margen de lo que podríamos concebir como madurez emocional y psicológica, convertirse en una persona madura podría pasar por hacerse cargo de las consecuencias de las propias decisiones. Resulta muy tentador en una charla con amigos, fantasear con volver hacia atrás en el tiempo para poder cambiar los errores cometidos y así poder gozar de un presente más benevolente.
Lo que no tenemos en cuenta desde un aspecto emocional, si borráramos aquellos errores que cometimos en su momento, estaríamos borrando la sabiduría que nos ayuda en el día a día y que conforma nuestra personalidad. Por otra parte, la premisa lógica es que el tiempo no funciona así y que alterar los acontecimientos del pasado, no cambiaría un ápice nuestro presente. Aunque bien podríamos poner a prueba la retrocausalidad, desde la física cuántica y entenderíamos si tal hazaña es posible. Mientras tanto, volveremos a poner el foco en la madurez o inmadurez que se desarrollan a lo largo de la vida.
La madurez procede a aquel cambio de mentalidad que estalla en la adolescencia y se mantiene a bien entrada la edad adulta. Según la Fundación Clínica de la Familia, alcanzar la madurez implica salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que vivimos en un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no podemos cambiar.
| Lo que resistes, persiste. Lo que niegas, te somete. Lo que reprimes, te obsesiona. Lo que aceptas, te transforma |
Carl Gustav Jung
El salvajismo emocional hecho adolescencia
El pasado no se puede cambiar, por mucho que nos gustara volver a ser niños/as o adolescentes y tener una segunda oportunidad para revivir todo aquello que vivimos con las personas con las cuales lo vivimos. Una segunda oportunidad para enmendar nuestros errores por el simple placer y curiosidad de ver cómo alteraría a nivel de fantasía nuestra actual realidad. Pero la realidad es como es y no cómo nos gustaría que fuera. Tantas y tantas veces hemos oídos la frase: “nunca llueve a gusto de todos”.
La inmadurez es una cualidad inherente a la niñez y la adolescencia, pero no exclusivamente de esas etapas. No por ser más joven, vas a ser automáticamente menos maduro que una persona más mayor que tú o no por ser más mayor, vas a ser por arte de magia una persona madura, coherente y sensata. Resulta a veces doloroso comprobar cómo el paso inexorable del tiempo y el peso de las decisiones va poniendo en el tapiz de la vida, personas que estarán unos segundos, minutos, horas, días, meses o años. Todas y cada una de ellas, dejarán en menor o mayor medida su impronta en nosotros y ello, poco a poco, como una pieza de coleccionista artesanal, irá conformando el tamiz de nuestra personalidad.
Los entresijos de la adolescencia se urden como un fuego con voluntad de inmortal que convive más con fantasía que con realidad. Un alma que está aprendido a golpes de latido cómo funciona el mundo, las personas de su alrededor y su propio ser. Es un proceso lento, arduo y lleno de sufrimiento. Una auténtica odisea por la cual es necesario pasar para de-construirnos para volver a construirnos a nuestra voluntad.
En esa etapa, nos permitimos el lujo de malgastar nuestro preciado tiempo de vida porque difícilmente somos capaces de ver más allá de nuestro metro y medio. Tenemos demasiadas preocupaciones como para ser capaces de hacernos cargo de algo más que de nosotros mismos. Nuestra mente es un abismo de emociones negativas que navega a la deriva de la realidad, hacemos lo que podemos con lo poco que sabemos a lo largo de toda la existencia. Caemos en el error de culpar a los padres, cómo símbolo de rebeldía y autoafirmación. No comprendemos que ellos lo hacen lo mejor que saben y lo mejor que pueden y que como nosotros, tampoco han aprendido lo verdaderamente importante para estar en paz consigo mismos.
La comprensión de la experiencia
Tendemos a caer en esa tendencia de criticar lo negativo de todo y de todos, como si inútilmente eso fuera a cambiar automáticamente a las personas de nuestro alrededor o fuera a cambiar la realidad. Pero cuando pasamos ciertas cifras de edad de la etapa adulta, vamos entendiendo de manera más o menos amarga, que la emocionalidad tiene un límite y que nuestros esfuerzos se desgastan con el paso del tiempo. Que ya no somos aquellas personas inocentes que rebosaban luz, que tenemos un lado oscuro que hay que aprender a gestionar sino queremos que nos hunda en la miseria más insensible.
Puede que necesitemos creer en algo o no. Puede que eso sea necesario o no. Puede que sea más sencillo vivir si vemos el futuro como un ente benevolente que al final nos traerá paz, puede que esa forma de ver la realidad se demasiado poco realista, no lo sé… Pero, inevitablemente nos preguntamos: ¿de qué sirve ser realista sino te ayuda a vivir mejor?
Puede que no se trate tanto de porqué hay que madurar, sino para qué.

por El despertar de la mente | 4 Ene 2024 | Blog
Es curioso como el tiempo y nuestras decisiones nos va definiendo conforme avanzamos en la vida. Esta mañana leía una frase tal que así: “la vida es el arte de dibujar sin borrar”. Cuán importante son las decisiones que tomamos en la vida dentro de una infinidad de posibilidades ante cualquier elección que hacemos. Es como si fuéramos avanzando por una tela de millones de hilos, nosotros con nuestro día a día, vamos recorriendo un hilo y cada decisión importante en la vida nos hace cambiar de hilo de manera consecutiva.
Cuando somos más jóvenes, nos creemos con el derecho de desperdiciar tiempo y energía porque no somos capaces de apreciar el verdadero valor de la vida y de que tiene un final. Cuando crecemos nos damos cuenta, gracias a los trompazos con los que vamos definiendo nuestra existencia, que para bien o para mal, ser adulto, significa hacerse cargo de las consecuencias de las decisiones que tomamos.
Pocas cosas nos cambian la vida tanto y a tantos niveles, como el amor. Sigo pensando que el amor es la “asignatura pendiente” del ser humano. Qué fácil es confundir apego con amor y qué fácil es caer en la dependencia emocional hacia una persona que nos importa de verdad.
Lo hicimos lo mejor que supimos
Recientemente, tuve una paciente adulta, casada y con dos hijas, con la cuál conversaba acerca de las relaciones de pareja y los problemas que tenía con su actual marido. Problemas que llevan arrastrando años y por lo que, como no podía ser de otra manera, les hicieron vivir el aspecto más doloroso de la dependencia emocional. Cuando tengo pacientes adolescentes, les intento comunicar la importancia de aprender a quererse a uno mismo primero, para poder querer bien a los demás.
Volviendo a mi paciente, esta mujer comprometida y decidida a tener una mejor vida a partir de ahora; me decía que últimamente había retomado el contacto con un antiguo amor del pasado. Este hombre, que en su momento quería tener una relación estable con ella, pero ella no quiso estar con él por diversos motivos. Sin embargo, a día de hoy, al verle felizmente casado y con dos hijos, ella argumentaba amargamente que debería haberse casado con él entonces y que, no entendía como había podido rechazarle entonces.
La pregunta que lo desencadenó todo
De la mejor manera que supe, le explique a la mujer que ya no era la misma persona que cuando tenía veinte años y que ahora, tenía una sabiduría que le permitiría tomar decisiones desde una sensatez más madura. Que no tenía ningún sentido que se victimizara o se reprochara por no haber elegido a esa persona en vez de a su actual marido.
De repente, con una cara que reflejaba inocencia y tristeza, me preguntó: ¿por qué no queremos a quién nos quiere? No supe responder inmediatamente, porque la gravedad de la pregunta me obligaba a reconsiderar lo que sabía sobre las relaciones de pareja y el verdadero peso de las decisiones que tomamos con respecto a personas que amamos. Cuando recuperé la compostura, entendí que esa pregunta no tiene una respuesta correcta ni incorrecta, sino que depende de cada cual, entender en qué punto de nuestra vida estamos y tener claro qué queremos.
Otro momento impactante de la sesión vino cuando le hice la misma pregunta que me había hecho a mí. A lo que ella respondió: “yo no lo quería tanto a él como él a mí”. Esa respuesta fue toda una declaración de intenciones para la mujer y vino a refrescar la moraleja de la sesión: de nada sirve que nos torturemos por algo que no podemos cambiar, sino que lo verdaderamente importante es lo que vamos a hacer a partir de ahora.
Más aún, no tiene nada que ver lo que queremos, con lo que necesitamos. Hacer esa distinción en relación a lo que deseamos en cada momento de nuestra vida, nos puede ahorrar más de un disgusto.
Quiero vs necesito
Si nos retrotraemos a la adolescencia, percibimos la realidad de una manera diferente a cuando somos adultos. Valoramos unas cosas distintas y priorizamos unas cosas frente a otras. Resultaría frecuente y comprensible que, desde ese punto de vista, pensáramos que esa persona que quería amarnos a través de una relación de pareja, no fuera suficiente para nosotros. O que pensáramos que podríamos elegir a alguien mejor por nuestra belleza, estatus, intelecto, prioridades, expectativas…
Lo que puede que no viéramos en aquél entonces, era que el tiempo pasaría y que, sino tomábamos esas decisiones, al final, ellas decidirían por nosotros. O lo que es peor aún, acabaríamos viviendo una vida que se esperaba que viviéramos o lo que se suponía que teníamos que hacer para ser felices.
En este punto de tu vida, puedes querer ir de viaje, conseguir un trabajo mejor, ahorrar para unas vacaciones, hacer un curso de cocina, arreglar la relación con tu familia etc. Puedes necesitar tener más tiempo para ti, hacer las paces con tu pasado, que tu hijo saque mejores notas o que tu jefe te hable mejor en la oficina… Resulta de vital importancia diferenciar lo urgente de lo prioritario.
El poder de las decisiones
Lo que tanto la pregunta como la reflexión de esta paciente me han enseñado, es que rara vez se presenta el mismo tipo de persona dos veces en la vida y que en el momento tuviste tu oportunidad. Sino la aprovechaste, deberás convivir con ello te guste o no. Puede que ese momento no fueses capaz de ver lo que deberías haber visto o valorado, pero como se suele decir, los trenes en la vida pasan y tú decides si te subes a ellos o los dejas escapar.

por El despertar de la mente | 28 Dic 2023 | Blog
La vida permanece inquieta, decía un alma solitaria. No le faltaba razón. En un mundo en que todo evoluciona a un ritmo vertiginoso, la incertidumbre es una constante que parece no detenerse y esa búsqueda se seguridad por parte de todo ser viviente, se hace más o menos palpable y necesaria.
En 3 décadas, hemos sufrido cambios culturales, sociales, políticos, económicos y demográficos, cuyas reglas de existencia se han visto reescritas para hacerse acopio de encaje. El viejo paradigma de vida se actualiza, pero persisten las reglas no escritas que rigen la vida terrenal. Los preceptos que confirmaban los pasos a dar en toda vida humana, han pasado a mejor vida, o no.
Las reglas eran claras y concisas, todo tenía su momento y había hitos que debías alcanzar y solidificar para ser aceptado como otra persona “normal”. Debías recibir una educación “reglada” en la que entretenerte y aprender las normas “sociales” para saber comportarte con tus iguales. Luego cuando crecías, aprendías a ver la diferencia que había entre educación y civilización.
El punto de ruptura
En plena adolescencia, en una etapa en la que tu identidad se construía poco a poco, ibas aprendiendo cómo creías que eras tú y tu mundo alrededor. En ese momento, la zona de confort se iba haciendo sólida y los temores te afligían para mantener tus pies en el suelo. Seguramente, por miedo o ignorancia, terminarías estudiando lo que tus padres querían que estudiaras o elegirías tu campo de formación. Pero tenías que estudiar algo para ser alguien en la vida, sino te esperaba una dura vida adulta en los campos o en las fábricas.
En esa etapa, si tenías suerte, conocerías a una persona especial que estaría tan perdida como tú y a la que podrías llamar tu pareja. El primer beso, el primer abrazo, la primera caricia y la pérdida irreversible de la inocencia. Todo aquello te haría sentir una vulnerabilidad tan dulce que no querrías que terminara nunca. Por desgracia, ni tú ni tu pareja sabréis amaros a vosotros mismos ni al otro, así pues, de manera inevitable, os precipitaréis a la dependencia emocional, ocasionando una vorágine de sufrimiento que se podría prolongar o no.
Los problemas emocionales se irían haciendo poso en tu mente y en tu cuerpo, mientras te fueras adaptando a la vida adulta como buenamente pudieras. La clave era encontrar un trabajo para “toda la vida” con el que costearte tus costes de vida y pagar tus caprichos.
Dos caminos se abrieron ante mí…
Puede que sintieras la llamada de la aventura y te embarcaras en viajes para conocer el precioso mundo que te rodea, por el placer de crecer en comprensión y sabiduría. Al tiempo que te ibas conociendo mejor e ibas comprendiendo que todo cambia inexorablemente. Probablemente, conocerías a gente diametralmente diferente a ti que te enseñaría que la vida no era como creías y en mayor o menor manera, dejarían su huella emocional en ti. Dejarías de creer poco a poco en las mentiras que te dejaron en tu puerta y que no te atreviste a cuestionar, pero que, en tu punto de madurez, necesitabas romper para evolucionar.
Se te abrirían dos caminos enfrente de ti, que de una manera u otra iban a definir tu existencia: la búsqueda de libertad o estabilidad. Puede que comprendieras que afirmaciones tales como: “un amor para toda la vida”, “un trabajo para toda la vida”, “una casa para toda la vida” … pasarían a mejor vida y que ya no representaban la realidad.
Sin darte cuenta, esa sensación de ser invencible te dejaría más pronto que tarde y, un buen día, llegaría el día en que soplaras las velas de tu trigésimo o cuadragésimo cumpleaños. Puede que tuvieras una amarga sensación de ¿Qué he hecho con mi vida? Puede que echaras la vista atrás pensando en todas aquellas ambiciones y sueños que creíste que alcanzarías cuando eras adolescente y mirabas al cielo con esperanza de comerte el mundo. En ése preciso instante, entenderías de verdad la diferencia entre el idealismo y el realismo.
Por otra parte, el haber cumplido suficientes veranos, te permitía ir de la mano con aquella presión social familiar y de amistades, que te recordaban que iba siendo el momento de “sentar la cabeza” e ir pensando en hacerte socio del club de los hipotecados para tener tu propia casa. Que el siguiente paso para subir un escalón en la escala social, y ser visto como un ser humano respetable; no era otro que conseguir una buena pareja con la que contraer nupcias y tener rápidamente descendencia para abrazar la madurez emocional en todo su esplendor.
Poco a poco, tu vida dejaría de ser tuya y dedicarías tu vida a ahorrar para tu futuro y tus hijos. El realismo más salvaje e inmisericorde se habría instalado en tu persona para formalizarse en forma de responsabilidades cuya permanencia no podrías detener, aunque te lo propusieras con todas sus fuerzas. Habrías aprendido o no de tus errores, y estarías viviendo la vida que se “suponía que debías vivir” para ser feliz. Durante conversaciones con tus padres o tus amigos de toda la vida, dirías cosas como: “es que no tengo tiempo”, “ya haré ese viaje cuando mis hijos hayan terminado la universidad”, “ya me compraré aquella caña de pescar cuando ahorre más” … 
El despertar
Decisión tras decisión, tu vida iría pasando y cuando por fin, abriste los ojos, tenías sesenta o setenta años y una perenne sensación de flaqueza e indefensión, que no te abandonaría. Los mejores años de tu vida pasaron y llegaste a la conclusión de que desperdiciaste tu vida en una quimera que te vendieron y te sentiste presa de una estafa.
Una persona sabia dijo una vez: “lo más importarte es hacer que lo más importante sea lo más importante”. El tiempo que tenemos de vida, lo canjeamos por dinero, experiencias, sonrisas, emociones, placeres y miedos. No lo recuperamos jamás porque es él quien nos define y nos hace aprender a golpe de latido.
A finales de 2023, sigo teniendo la sensación de que el mundo ha cambiado demasiado y no me veo reflejado en él. Aún perduran en mí valores como los de antaño y sigo creyendo que aún existen personas a las que les importe más observar a los ojos que dejarse seducir por una pantalla de teléfono. Me niego a creer que nadie de nada a cambio de nada y que por mucho que te esfuerces, tu vida no servirá de nada. Sigo pensando que la fe en algo es necesaria, que la vida es simple y complicada a la vez, pero que nosotros somos nuestro peor enemigo. Que lo más preciado de tu vida, puedes perderlo en un segundo y que resulta tremendamente difícil sentirse querido por nadie.
Cuando echo la mirada hacia adelante, me embarga el miedo por no querer saber lo que deparará el mañana, pero con una sensación de querer que mi existencia sirva para algo positivo. Al fin entendí que el sentido de la vida es vivirla y que todos tenemos un propósito y que debemos encontrarlo para dotar a nuestra vida de plenitud. Que todos tenemos virtudes que podremos cultivar por un bien mayor y que es mejor tatuarse en el alma (dependiendo del momento): “todo saldrá bien” o “todo saldrá como tiene que salir”.